¿Sabéis la cantidad de reflexiones que me llevo a casa cada día?
Muchísimas.
Y no, no me las llevo porque no sepa desconectar. Me las llevo porque escuchar tantas historias diferentes acaba enseñándote algo precioso: que casi nunca somos tan distintos como creemos.
Cambia el nombre.
Cambia la ciudad.
Cambia la edad.
Cambia el trabajo.
Pero las preguntas siguen siendo, prácticamente, las mismas desde hace miles de años.
Seguimos buscando sentirnos suficientes. Seguimos buscando tranquilidad, pertenecer, sentido.
Y mientras creemos estar descubriendo la pólvora, resulta que Hipócrates ya hablaba de la relación entre cuerpo y mente hace más de dos mil años, «Toda enfermedad comienza en el intestino.». Que los estoicos ya reflexionaban sobre lo que depende de nosotros y lo que no. Que seguimos investigando el eje intestino-cerebro con una tecnología brutal… para llegar, muchas veces, a conclusiones que llevan siglos rondando la historia de la humanidad. (Que se lo digan si no al Doctor Perlmutter y su libro «Alimenta tu cerebro», hablando de los neuroinflamadores y causas de TDAH, autismo e incluso cáncer… un libro que recomiendo. ¡ya lo intuíamos hace años!)
Y entre consulta y consulta, pienso: ¿y si comparto todas estas reflexiones? Porque estoy convencida de una cosa: lo que le ocurre a una persona, nunca le ocurre solo a ella. Lo que cambia es el escenario. No el conflicto.
Hoy no toca hablar de sentido de vida
Ni de valores. Ni de propósito (¡ya llegará, lo prometo, porque para mí es un pilar fundamental de todo proceso!). Hoy quiero hablar de una ansiedad mucho más traicionera.
La que no hace ruido.
La que no grita.
La que no te da un ataque de pánico en mitad del supermercado.
No. Quiero hablar de la ansiedad silenciosa.
Esa que trabaja como una lombriz, ¡como lo oyes! No la ves. Pero va comiéndose la tierra por dentro. Va robando energía, drenando ilusión, agotando el cuerpo sin que nadie sospeche de ella. Y un día dices: «qué raro, si yo no estoy tan mal…» ¿Seguro?
La que sí vemos (esa ya la conocemos)
La ansiedad evidente la conocemos todas. La vemos, la sentimos. Te hace comprobar veinte veces si has cerrado la puerta. Te hace preguntar: «¿estoy bien?, ¿me pasa algo?, ¿esto se pasará algún día?». Te hace buscar seguridad todo el rato. Te hace escapar, con comida, con el móvil, con el trabajo, con el tabaco, con cualquier cosa que silencie cinco minutos ese ruido de fondo.
Esa ansiedad es muy escandalosa. Pero… ¿y la otra?
¡EUREKA! La que nadie relaciona
Has ido al médico. Te han hecho pruebas. Todo está «bien». Pero sigues agotada. Sigues con migrañas, con molestias digestivas, con una fatiga que nadie termina de explicar, con una amenorrea funcional, con un intestino que parece tener vida propia. Un cuerpo que protesta mientras las analíticas dice que todo está correcto.Y entonces alguien dice la palabra mágica: «puede haber un componente de ansiedad». Y tú piensas: «venga ya, si yo no estoy tan mal».
Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿y si sí?
¿Y si sí?
Porque la ansiedad no siempre consiste en pensar demasiado. A veces consiste en sostener demasiado. Sostener un trabajo que ya no quieres. Una relación que hace tiempo dejó de darte paz. Una conversación pendiente que evitas hace meses. Una autoexigencia que jamás descansa. Dormir poco. Moverte menos de lo que tu cuerpo pide. Vivir para cumplir horarios y olvidarte de preguntarte qué necesitas tú.
Eso también cansa. Y mucho.
La ciencia lleva años explicándonos que el estrés mantenido puede alterar el sistema nervioso, el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, influir en el sistema inmune, el descanso, la percepción del dolor o la digestión. No significa que todo síntoma físico sea psicológico. Significa que cuerpo y mente nunca han sido compartimentos estancos.
Quizá Hipócrates no tenía una resonancia magnética. Pero iba bastante bien encaminado.
El 2% que se acumula
¿Cuántas cosas pequeñas te están quitando un 2% de energía cada día? Quizá ninguna sea suficiente, por sí sola, para romperte. Pero todas juntas… ¡ah, todas juntas! Eso ya es otra historia.
Una persona que te drena.
Un trabajo que te apaga.
Una preocupación constante.
Una culpa que no sueltas.
No tener tiempo para caminar, para estirar, para aburrirte, para respirar, para parar, para sentir.
Y mientras tanto dices: «estoy bien». Quizá sí. O quizá llevas demasiado tiempo sobreviviendo como para recordar cómo era vivir con ligereza.
Y esa es la ansiedad silenciosa
La que nadie ve. La que no siempre grita. Pero fatiga por dentro, ¡como la lombriz! Hasta que un día el cuerpo decide hablar el idioma que la mente llevaba demasiado tiempo intentando traducir.
Y de ahí, querida, empieza todo: de aprender a conocerte, a saber, qué necesitas, qué te hace vibrar de verdad. Ese es el primer paso.
y tu sabes ¿qué te hace bien?
¿Sabes lo que te drena?
¿Sabes cuáles son tus valores?
¿Dirías que te conoces?
Seguimos.
