¿Te puedo contar una cosa?
Llevo años escuchando la misma frase, dicha casi en un susurro: «no sé por qué te cuento esto, si a mí no me pasó nada grave». Y se te rompe la voz al decirlo. Como si necesitaras pedir permiso para sentir lo que sientes.
Así que hoy quiero desmontar esa idea contigo.
No todo acontecimiento traumático genera un trauma. Y ¡OJO! no todo trauma nace de un gran acontecimiento.
Lo que de verdad es un trauma
Cuando piensas en “trauma”, seguramente piensas en un accidente, una pérdida enorme, algo que parte tu vida en un antes y un después.
Y sí, eso también es trauma.
Pero no es el único.
El trauma no es el suceso en sí. Es lo que se queda dentro de ti después del suceso.
Una experiencia que tu sistema nervioso no pudo terminar de procesar. Algo que quedó a medias, y que se activa cada vez que la vida toca una tecla parecida.
Por eso es muy importante esto que te voy a decir.
Dos personas pueden vivir exactamente lo mismo, y una queda marcada y otra no.
Alucinante, ¿verdad?
No es cuestión de fortaleza.
Es cuestión de recursos, de apoyo, de si hubo alguien que sostuviera lo que tú sola no podías sostener.
No lo estoy hablando para que te infravalores, es para que comprendas y valores que las circunstancias en las que crecemos determinarán la resiliencia que podamos tener para procesar vivencias.
Sabiendo esto, fomentar nuestra resiliencia siempre será una medida preventiva para procesar e interpretar la vida lo mejor posible.
El trauma que no grita
¿Qué podría ser entonces un evento traumático?
No hace falta un drama para que tu sistema nervioso aprenda que el mundo no es del todo seguro. Basta con vivir, de forma sostenida:
- Sentirte ignorada, aunque nadie te tratara mal.
- Que minimizaran tus emociones («no es para tanto»).
- Tener que ser la niña perfecta, la responsable, la que no daba problemas.
- Cargar con responsabilidades por encima de tu edad.
- No sentirte emocionalmente vista, aunque tuvieras «de todo».
Nada de esto sale en las noticias. Pero un sistema nervioso infantil sostenido así durante años aprende una lección de fondo: tengo que estar alerta, tengo que agradar, tengo que ser útil para merecer cariño.
Eso también es trauma. Se llama trauma relacional, o trauma del desarrollo.
«Mi infancia fue normal», y sin embargo…
Por eso quizá tú también llegaste alguna vez diciendo que tu infancia fue normal, y aun así cargas con:
- Ansiedad de fondo sin saber de dónde viene.
- Hipervigilancia, esa sensación de esperar que algo se tuerza.
- Dificultad para poner límites.
- Necesidad de agradar a toda costa.
- Relaciones donde sostienes a otra persona antes que a ti misma.
No hay contradicción, querida. Una infancia puede no tener «nada grave» que contar, y aun así haber enseñado a tu sistema nervioso a vivir en alerta.
Y eso sigue hablando hoy, en tu vida
En la pareja, como miedo al abandono. En la familia, como estar siempre disponible, aunque te cueste la salud. En el trabajo, como perfeccionismo, como culpa cada vez que descansas.
Es tu sistema nervioso repitiendo la única estrategia que aprendió para mantenerte a salvo.
Y lo que aprendió, también puede reaprenderlo. Terapias como el EMDR trabajan justo ahí: ayudan a tu cerebro a terminar de procesar lo que se quedó a medias, para que deje de activarse como si el peligro siguiera presente.
No se trata de borrar tu historia. Se trata de que deje de dirigir tu presente sin que tú lo decidas.
Así que déjame que te pregunte…
¿Alguna vez te has preguntado si esa ansiedad, esa hipervigilancia, esa necesidad de agradar, tienen un origen mucho más antiguo del que imaginas?
